En una nueva edición de Voces que Construyen, la arquitecta Camila Alonso analiza el diseño como una herramienta estratégica para el éxito de un negocio y detalla cómo transformó una casona colonial mendocina en un club de encuentro que dialoga con el patrimonio preexistente.
Apenas egresó de la universidad, el recorrido profesional de Camila Alonso quedó marcado por un hito: dar sus primeros pasos en Palmares. Esa experiencia inicial moldeó por completo su visión de la profesión, alejándola de la simple búsqueda estética para integrarla de manera definitiva con la eficiencia operativa, la rentabilidad, el alto tránsito y la identidad de marca. Hoy, consolidada en el desarrollo de espacios comerciales de diversas escalas y rubros, combina el sustento técnico con una mirada estratégica que anticipa conflictos y detecta oportunidades en escenarios preexistentes.

Al indagar sobre cómo define su identidad como arquitecta y qué valores busca que estén presentes en cada obra que realiza, Camila explica que su identidad está “100% ligada, o casi exclusivamente, a la arquitectura comercial, corporativa y de uso público”. Su formación de base, apenas salió de la universidad, fue justamente en ese ámbito, y esa valiosa oportunidad de empezar a trabajar en Centro Comercial marcó por completo su manera de entender la profesión. “Desde el primer día aprendí que un proyecto no solamente tiene que verse bien, sino que lo más importante es que funcione correctamente de acuerdo con el uso para el que fue pensado, que genere la experiencia de usuario buscada y que, al mismo tiempo, aporte valor y rentabilidad para quien invierte o desarrolla ese espacio”, detalla.
Bajo esa perspectiva, suele recurrir a una frase que le enseñó uno de sus primeros jefes y que todavía hoy sigue definiendo su manera de proyectar: la arquitectura comercial es el arte de la mejor opción. Para Alonso, las decisiones no pasan únicamente por un concepto estético, sino por encontrar la mejor respuesta espacial posible, considerando al mismo tiempo la experiencia de usuario, la eficiencia operativa, la inversión, la materialidad, las instalaciones, el mantenimiento, el alto tránsito, la identidad de marca y, muchas veces, las propias limitaciones del espacio.
Es allí donde radica uno de los desafíos más interesantes de la arquitectura comercial. Al intervenir entornos que ya tienen una historia o una estructura dada, muy pocas veces se trabaja sobre un terreno vacío. Generalmente se intervienen espacios existentes, con estructuras, instalaciones y condicionantes ya definidos, que necesariamente se tienen que contemplar desde el inicio del proyecto. El trabajo consiste justamente en interpretar ese escenario y transformarlo en una oportunidad, logrando que el proyecto funcione como si hubiese sido pensado desde cero.

“Cada vez que comienzo un proyecto, lo primero que intento entender es cómo se va a vivir ese espacio, qué necesita realmente el cliente, qué experiencia quiere generar y cómo la arquitectura puede convertirse en una herramienta para potenciar esa identidad”.
Para la arquitecta, resulta imposible separar la arquitectura de la eficiencia operativa, de la comunicación de marca, del posicionamiento comercial y de la experiencia de quienes van a habitar ese lugar. En ese equilibrio, la materialidad adquiere un valor fundamental. Más allá de la estética, le interesa que cada material tenga un porqué; que aporte identidad, que sea coherente con el proyecto y, sobre todo, que responda al uso que va a tener ese espacio. Al trabajar casi exclusivamente con proyectos de uso público y alto tránsito, cada decisión tiene que estar pensada para perdurar en el tiempo, soportar un uso intensivo y seguir representando correctamente a la marca muchos años después de inaugurada la obra.
Esta mirada integral es la que hoy buscan quienes deciden trabajar con ella. Después de muchos años desarrollando proyectos comerciales de escalas, programas y rubros muy distintos, Camila Alonso fue construyendo una experiencia que hoy le permite analizar cada proyecto desde una perspectiva mucho más amplia, anticipar conflictos, detectar oportunidades y tomar decisiones con mayor sustento técnico y estratégico, reduciendo al máximo el margen de error. Al final, el objetivo siempre es el mismo: desarrollar espacios comerciales sólidos, profundamente estudiados y coherentes con su destino de uso; espacios que generen una excelente experiencia para quienes los recorren y que, al mismo tiempo, fortalezcan la identidad de la marca, potencien su posicionamiento y contribuyan al éxito del negocio.
El desafío de Casa del Vino: revivir el patrimonio a través del encuentro
Al profundizar en cómo nace el proyecto Casa del Vino y la idea que lo guio, Camila recuerda que el objetivo del cliente era claro: crear un lugar de encuentro donde el vino fuera la excusa para reunir personas. “Buscaban un club, en el sentido más amplio de la palabra: un lugar cálido, acogedor y flexible, donde la gente quisiera quedarse, conversar y simplemente pasar un buen momento”.

Desde el primer día, la premisa principal fue recuperar la identidad de esta tradicional casona colonial sobre la calle Emilio Civit. “Nos resultaba muy potente que una casona tan representativa de Mendoza pudiera convertirse en el escenario de una actividad tan ligada a la identidad de la provincia como la cultura del vino. Había algo muy auténtico en esa combinación entre patrimonio, arquitectura y tradición vitivinícola”. El reto arquitectónico fue transformar una vivienda con tipología de “casa chorizo” —lineal y compartimentada— en un recorrido fluido articulado por su patio central para favorecer el encuentro.
Al evaluar los condicionantes de la obra y cómo se transformaron en oportunidades, Alonso explica que el principal desafío fue entender que se debía dialogar con una estructura existente y respetar sus límites:

Estructura e instalaciones: Al no poder modificar los muros portantes antiguos ni embutir cañerías, se priorizaron las visuales y se diseñaron revestimientos parciales de madera para ocultar las instalaciones, aportando una calidez que dialoga con las carpinterías originales.
Materialidad y luz: En lugar de reemplazar los pisos calcáreos y granitos originales, el proyecto se construyó alrededor de ellos; incluso se trabajó con un proveedor de materiales para replicar el granito del hall en el patio delantero. Para la iluminación, respetando los cielorrasos altos y el lucernario, se optó por rieles magnéticos y se diseñó una mesa de degustación que integra su propia luz.
En definitiva, cada condicionante técnico terminó fortaleciendo la propuesta. “Más que intentar ocultar la historia de la casa, buscamos trabajar con ella”, concluye la arquitecta, destacando que esa convivencia entre lo existente y lo nuevo es el mayor valor de Casa del Vino.
La materialización: el valor del equipo y la experiencia compartida
Al consultarle sobre qué rol juegan hoy los proveedores y materiales en el resultado final de sus obras, Camila reflexiona que los proveedores, la materialidad, los subcontratistas y la mano de obra nunca fueron simplemente una etapa más dentro de una obra. “Siempre los concebí como una parte fundamental del diseño real. Los entiendo como herramientas estratégicas para que un proyecto alcance, en la práctica, el mismo resultado con el que fue concebido desde el inicio”, expresa.

Para ella, un buen proyecto no depende solamente de una buena idea o de un buen diseño, sino de un conjunto de decisiones y de un equipo de personas que logren materializar esa idea con el mismo nivel de calidad y de contundencia con el que fue pensada. Ahí es donde todos los actores de la obra pasan a tener un rol fundamental. Por eso, asegura que nunca elige un proveedor únicamente por una cuestión de costos o porque un determinado material esté de moda; busca compromiso, experiencia, capacidad para resolver detalles, acompañamiento durante todo el proceso y, sobre todo, personas que entiendan que todos están trabajando para alcanzar un mismo objetivo. Cree profundamente en el trabajo interdisciplinario y en que los mejores proyectos nacen cuando cada integrante del equipo aporta su conocimiento desde su especialidad.
“Siempre digo que la arquitectura es una herramienta estratégica para que un negocio funcione mejor. Pero esa herramienta no se construye solamente desde el diseño. Se construye también a partir de las decisiones que se toman durante la ejecución, de la calidad de los materiales, del oficio de quienes los trabajan y del compromiso de todo el equipo que participa en la obra”, manifiesta Alonso. “La arquitectura empieza con una buena toma de partido, pero recién cobra verdadera dimensión cuando aparecen las personas indicadas para hacerla realidad”. Es ahí donde el proyecto deja de ser una idea y empieza a transformarse en un espacio concreto. Lograr que todas esas partes trabajen de manera coordinada es uno de los grandes desafíos de la profesión: cuando el diseño, la ejecución, la materialidad y el equipo comparten una misma visión, el resultado final siempre supera la suma de las partes. Y, para ella, ese es el verdadero valor de una buena arquitectura.
Para cerrar, al reflexionar sobre qué le diría a alguien que está por encarar su primera obra o proyecto, Camila aconseja que “no intente hacerlo solo”. Ya que una de las claves más importantes de cualquier proyecto es armar un buen equipo.
“Rodearse de socios o colegas con miradas complementarias, trabajar junto a profesionales de distintas disciplinas, elegir proveedores especializados que aporten su experiencia y contratar la mejor mano de obra posible marca una diferencia enorme en el resultado final. Un buen proyecto no es solamente una buena idea: es la suma de muchas personas que, desde su conocimiento, enriquecen esa idea y la llevan a un nivel superior. Cuando todos comparten el mismo compromiso por la calidad, el margen de error disminuye y las posibilidades de lograr una excelente materialización aumentan muchísimo”.
También les recomendaría dedicarle todo el tiempo necesario al proceso de diseño sin apurarlo. Estudiar alternativas, validar decisiones, anticipar problemas y pensar cada detalle antes de comenzar la obra siempre termina siendo tiempo ganado; cuanto más sólido es el proyecto, mejor se desarrolla la ejecución. Y una vez que la obra empieza, enfatiza que hay que estar muy presentes. La dirección de obra es una instancia fundamental del diseño, el momento en el que muchas decisiones se validan frente a la escala real, donde aparecen situaciones que en los planos no siempre pueden anticiparse y donde se terminan de resolver esos detalles que hacen la diferencia. Recorrer la obra, percibir los espacios, corregir, ajustar y tomar decisiones en el momento adecuado es parte del proceso creativo tanto como dibujar un plano.
Asimismo, les sugeriría no tener miedo de pedir ayuda. Escuchar a personas con más experiencia acelera muchísimo el aprendizaje y evita errores que otros ya atravesaron. Del mismo modo, insta a aprender a escuchar a todas las voces autorizadas que participan del proyecto: a los clientes, a los proveedores, a los contratistas y a cada uno de los especialistas involucrados. La arquitectura no se construye en soledad, es un trabajo profundamente colaborativo y, cuanto mejor es el diálogo entre todos los actores, mejor suele ser el resultado. “Y, por último, que disfruten el proceso. Porque ver cómo una idea que nació en un plano se transforma en un espacio real, que las personas viven, recorren y hacen propio, sigue siendo una de las partes más gratificantes de esta profesión. Esa sensación, incluso después de tantos años, nunca deja de entusiasmarme“.


