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    En una nueva entrevista de “Voces que Construyen”, el arquitecto Valentín Manuel Diez reflexiona sobre la identidad profesional, la eficiencia constructiva y el impacto terapéutico del diseño en el emblemático proyecto para la institución Thadi.

    Identificado con los grandes maestros del movimiento moderno como Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Frank Lloyd Wright y, especialmente, Richard Meier, el arquitecto Valentín Manuel Diez define su identidad a través de valores que rescata de estos profesionales, y que busca imprimir en cada una de sus obras: “…la funcionalidad, el dominio de las figuras geométricas simples como el volumen, el plano, la línea, el cilindro, el círculo y una relación con la luz, el espacio y el contexto”.

    Acerca cuál es el origen y la idea del proyecto Thadi, Diez explica que: “El Centro Educativo Terapéutico Thadi surge de una necesidad de brindar una respuesta edilicia adecuada a la creciente demanda de atención especializada para niños, jóvenes y adultos con discapacidades mentales y motrices”. La institución, sin fines de lucro, y con más de 65 años de trayectoria, buscó crear espacios diseñados específicamente, para potenciar la autonomía, la inclusion y el desarrollo integral; bajo una premisa clara: “la arquitectura como herramienta terapéutica”. Según el profesional, el objetivo no era simplemente construir un edificio, sino generar un entorno que facilite el bienestar emocional y la interacción social de las personas que asisten a Thadi.

    Al abordar los desafíos del proyecto, el arquitecto destacó que la obra se enfrentó a condicionantes específicos que terminaron por definir su carácter innovador. El primero fue la morfología del terreno: largo y angosto, con sus caras mayores hacia el este y el oeste, una forma opuesta a las construcciones educativas tradicionales de Mendoza, donde se suele buscar el sur para la luz pareja de las aulas y el norte para las circulaciones -pasillos-.

    A esto se sumó la necesidad logística de crear un acceso directo para servicios de urgencia que conectara con el corazón de la manzana, donde funcionan el hogar, centro de día, áreas administrativas, talleres, cocina, etc. Valentín explica que, aunque inicialmente se pensó en seguir la estética de ladrillo visto y techos a dos aguas del resto del complejo, decidió romper con esa volumetría tradicional.

    “La premisa desde el primer día fue clara: la arquitectura como herramienta terapéutica”.

    Esta decisión permitió transformar las restricciones en oportunidades valiosas: maximizar la luz natural en todas las aulas y espacios comunes; optimizar la climatización pasiva y el ahorro energético mediante una orientación estratégica, protecciones solares y climatización a través de la geotermia; y crear un acceso seguro y amplio para emergencias”. Además, este enfoque permitió un gesto arquitectónico de gran valor simbólico: “revalorizar una hermosa palmera centenaria ubicada en el centro del jardín, convirtiéndola en el corazón visual y simbólico del proyecto”. El resultado final, según el profesional, es un edificio mucho más abierto, eficiente y profundamente conectado con su entorno.

    Al consultar sobre el papel que desempeñan los proveedores y los materiales en el resultado final de una obra, el arquitecto Valentín Manuel Diez es categórico: constituyen una parte fundamental en la concreción y materialización de la idea, tanto en el plano técnico como en el económico.

    En el aspecto técnico, Diez sostiene que la elección precisa de los materiales -considerando su durabilidad, mantenimiento y comportamiento térmico, acústico y lumínico- es lo que determina, en gran medida, el confort y la vida útil del edificio. En el caso específico de Thadi, destaca que se priorizaron soluciones que favorecieran la luz natural y el control solar a través de una “envolvente eficiente, sin sacrificar la economía”.

    Desde la perspectiva económica, el profesional subraya que: en proyectos de este tipo, donde cada “peso” debe optimizarse, la relación con proveedores confiables permite ahorrar, sin comprometer la calidad, ni la idea arquitectónica. Para Diez, la ejecución fiel de lo proyectado depende de un equipo totalmente involucrado, “desde el albañil hasta el proveedor de aberturas o de instalaciones”, asegurando que el compromiso de todos es lo que permite que la idea pase del papel a una “realidad construida con fidelidad”.

    Al consultar al arquitecto sobre qué consejo le daría a alguien que está por encarar su primera obra o proyecto, su respuesta se aleja de lo técnico para centrarse en la experiencia humana del espacio. Para él, es vital que quien diseña “se concentre en lo esencial: imaginar y recorrer mentalmente el espacio, como si ya lo estuviera habitando”.

    “Esa ‘caminata imaginaria’ por el espacio diseñado vale más que mil renders bonitos”.

    El profesional enfatiza la importancia de una “caminata imaginaria” que, según sus palabras, “vale más que mil renders bonitos”. En este proceso, el arquitecto debe pensar cómo se moverá la persona, cómo percibirá la luz a distintas horas y qué necesita para desarrollar sus actividades con total comodidad y autonomía.

    Finalmente, advierte sobre el peligro de enamorarse prematuramente de “una imagen volumétrica caprichosa o de un efecto visual impactante”. Para Diez, la arquitectura de calidad surge de resolver con precisión los problemas funcionales, programáticos y contextuales, ya que la forma coherente llega después, casi como una consecuencia natural. Su premisa de cierre es contundente: “si el espacio funciona, si la persona que lo usa se siente bien y puede desarrollarse, la arquitectura ya está hablando por sí misma”.

    Redacción Mundo CH

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