“Nunca tuve un momento revelador sino que siempre fue parte de mi vida”, dice este andinista mendocino que está en la elite mundial del deporte ya que este año subió y fue guía en las dos montañas más altas del mundo, el Everest y el K2.  

Por Diana Chiani – FOTOS: gentileza Javier Beiza.

Cuando Javier “Cacho” Beiza bajó de la segunda montaña más alta del mundo, el K2 a 8.611 metros de altura, miró a uno de sus compañeros de ruta y sin hablar adivinó su pregunta porque, al mismo tiempo mentalmente le hizo, la misma: “¿Volverías a este lugar?” Entonces, la respuesta quedó inconclusa. 

Cacho, como todos lo conocen, este año estuvo, dos veces seguidas, en la cima del mundo. A su regreso obtuvo reconocimientos (entre ellos de la Legislatura de Mendoza), aplausos y la posibilidad de difundir los secretos de su primer amor: la montaña.  

En una misma temporada y en su rol de guía llegó a las dos cumbres más altas del mundo: primero el Everest (8.849 metros) y, poco después, se paró sobre los 8.611 metros del cerro K2. Ambas montañas están en la cadena del Himalaya. La primera en Nepal y la segunda en Pakistán.

Fue a principios de 2022 cuando su profesionalismo como guía le abrió la primera puerta: un Todd, un norteamericano al que acompañó en el Aconcagua contratado por la empresa Madison Mountaineering la empresa para la que trabaja, le pidió que fuera su faro en el Everest. En medio de esa travesía, su jefe y colega Garred, le dijo: “Nos vamos al k2” y él, sin pensarlo, aceptó. Entre la bajada del Everest y el inicio del K2 tuvo unos quince días de descanso, pero eso no importó. 

Cada expedición tiene un total aproximado de dos meses de duración ya que se hacen unos diez días de treking a la base, más los días de aclimatación y un par de subidas previas hasta los 6.500 o 7.000 metros antes del ataque final a la cumbre que dura unos cinco días. “En lo particular, siempre soñé con escalar el K2 porque es de un compromiso más importante, tiene mayor técnica. Ni hablar de hacerlo como guía y haber sido el primer argentino en guiar en una montaña tan icónica como esa”, declara Beiza.

Guests and guides on the 2022 Madison Mountaineering Mount Everest Expedition make an acclimatization ascent from Camp 2 to Camp 3 on the Lhotse Face, in Nepal, on May 4, 2022.

Hubiera sido una locura decir que no… aunque tal vez también lo fue decir que sí. Es que un poco en broma y otro poco en serio, admite que una de las mejores cosas que le pasaron desde que volvió de aquel viaje con tintes surrealistas es la posibilidad de difundir el andinismo, una actividad que “siempre ha sido tomada como de locos”.  

“Hoy es una actividad muy regulada que merece la difusión que le corresponde como deporte y como profesión”, agrega a un día de partir hacia Córdoba para mostrar un corto de la expedición que hizo al regresar con la ayuda de su amigo, fotógrafo y montañista, Pablo Betancourt.

Luego de 52 “Aconcaguas” y veinticinco años como guía y dueño de la empresa Argentina Vertical, casi puede afirmar que tiene un amigo en cada uno de los clubes de montaña que hay en el país; espacios en donde presenta el corto y relata el amor que la montaña le despierta. 

 

El valor propio de cada desafío

La experiencia fue una suerte de coronación de una carrera de toda la vida con la preparación física, técnica y psicológica que ello implica, así como con las satisfacciones que siempre le dio la montaña. Momentos que tal vez solo tengan que ver con ser un lugar en el mundo, el espacio para pensar, descargar, conectar, desconectar y aportar. “Cuando era chico iba con mi papá a comer asados y, tal vez por eso, más que naturaleza para mí es algo natural. La montaña siempre fue como el patio de mi casa”, dice Beiza, quien también es profesor de Educación Física.

Y agrega: “Nunca tuve ningún momento revelador sino que siempre la sentí como parte de mi vida y, de alguna manera, la necesito. Cuando las cosas se ponen densas lo más fácil es irme a la montaña, tener ciertas cuotas de adrenalina; lo que no siempre tiene que ver con encarar objetivos más difíciles”.

Subir un cerro es una actividad física que ofrece, según Cacho, oportunidades de crecimiento personal ya que se rompen algunas barreras de protección y, de alguna manera, es preciso seguir adelante. Eso sí, aclara, es importante el respeto por la actividad así como realizar salidas cuidadas y graduales para disfrutar al máximo la experiencia.

Lejos de creérsela después de la hazaña de este año, este mendocino aclara que cada desafío es único, que en la montaña no hay progresión en dificultad sino distintas experiencias; todas igual de válidas.

  • ¿Podrías explicar que hace un guía? 
  • El trabajo de un guía es, en primer lugar, la parte técnica, encargarse de la seguridad, alimentaria, el campamento; entre otras cuestiones. En expediciones de larga duración, el aspecto psicológico y la posibilidad de ser un sostén anímico son claves. Es que cuando uno se siente alejado de las comodidades o de su cotidianeidad a veces puede quebrarse y es importante poder acompañar para que eso no pase.  
  • ¿Podrías explicar lo que sentiste con esta travesía?
    • Es difícil porque no se trata solo de lo que te pasa cuando llegás a la cima sino de lo que sentís a lo largo de un montón de días previos y durante la expedición. Cada una dura unos dos meses en total y tenés tiempo de pensar y pasar por distintos estados de ánimo. 
  • ¿Cómo es estar en el Everest?
    • El Everest es muy grande, mucho más que cualquier otro sitio. Atravesás muchos peligros, zonas de gran altura, glaciares y pasajes en donde se requiere mucha técnica; es decir, utilizar cuerdas o escalar. 
  • ¿Y en el K2? 
    • Es una montaña bastante peligrosa. Tiene mucho de esos momentos en que te planteás si deberías estar ahí o no. Todo es más es más salvaje, recóndito e inexplorado. Si bien la gente es muy hospitalaria, también tiene una dureza especial; propia del entorno. Es una montaña dura, metida en un lugar complejo con gente que tiene una vida muy difícil. Creo que me ayudó el hecho de haber estado antes en el Everest porque yo también estaba más salvaje y eso es lo que se requería. 
  • ¿Y cómo fue guiar allí?
    • El grupo se redujo y tuve que guiar particularmente a una sola persona. Pudimos  movernos muy rápido en la montaña y esa velocidad va de la mano de la seguridad. Es fundamental en montañas peligrosas.
  • ¿Qué pasó cuando tu compañero te preguntó si volverías?
    • No lo pude responder en el momento. Fue muy fuerte haber terminado esa experiencia tan importante. 
  • ¿Y hoy la podés responder? 
  • Sí. Al día de hoy obvio que volvería. Pero para saber eso necesitás un tiempo, que se te pase el impacto y te puedas tornar más permeable a todo lo que viviste. 

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