Acaba de presentar su primer libro, “Los agujeros redondos de los quesos”, una selección de sus columnas más emotivas y una idea que concretó al darse cuenta de que la vida no dura para siempre, como una forma de cerrar pendientes en el único plano que él conoce y acepta. 

Por Diana Chiani / Fotos: Coco Yañez

Cuando comenzó con el oficio de periodista, lo que Emilio Vera Da Souza pretendía era un “laburito”, poder ganar unos pesos de manera relativamente fácil y hasta atractiva, pero que no requiriera trabajo forzado alguno. Así, lo que comenzó como una pasantía en el diario Mendoza, y tal vez un poco a su pesar, se convirtió en un estilo de vida. 

Es que intentó irse del periodismo cuantas veces pudo y, en cada ocasión, la profesión lo trajo de vuelta. “Probé distintos rumbos pero nunca dejé de hacer cosas vinculadas. Me fui a Buenos Aires a trabajar en un ministerio, hasta tuve una granja y cuidé chanchos, pero siempre volví”, enumeró Emilio.

Tal vez a sus 58 haya aceptado que el oficio de escribir o de tener un programa de radio no lo hará rico o que esa suerte de vocación le vino un poco heredada por su tío periodista y su padre, que trabajaba en una agencia de publicidad. 

“Nunca me sentí obligado, pero era algo que se vivía en el ambiente”, reflexionó Vera Da Souza quien parece agradecer el camino recorrido al tiempo que lo disfraza de chistes o frases irónicas.

Es que quizá no tenga una frondosa cuenta bancaria, pero se nota que tiene otra riqueza, de esa que no se agota, que son sus amigos. Al menos es uno de los primeros comentarios que se destacan en la entrevista, con la excusa de la presentación de su primer libro, “Los agujeros redondos de los quesos”. 

Sus palabras están plagadas de referencias a muchos de ellos, sus amigos, quienes lo ayudaron a hacer realidad su libro y le dieron su apoyo en los momentos en que se necesita de la amistad. Estuvieron los que editaron, los que escribieron, los que –como el famoso dibujante Miguel Repiso- dibujaron y diseñaron. 

También aquellos que lo acompañaron siempre. Incluso cuando en 2020 comenzó con los primeros episodios de una enfermedad cuyas crisis lo dejaban en el hospital y prácticamente desangrado. 

“Tuve mucho miedo y todo pasó en plena pandemia”, relató Vera Da Souza y con cierto pudor explicó que, luego de un año de esos episodios con origen desconocido y la incertidumbre que implicó, hoy sabe que es su hígado el que le jugó una mala pasada al fabricar una enfermedad tan compleja como lo es una cirrosis metabólica, que hasta podría llevarlo a solicitar un trasplante. 

Despojado de creencias religiosas, entonces, el padecimiento fue la clásica patada que arroja hacia adelante y, urgido por dejar algo concreto en esta vida, apuró la idea eterna de su propio libro y la concretó. 

“Tenía cierta urgencia porque realmente pensaba que me iba a morir pronto. No tengo ideas  de vida trascendente o místicas, pero si me importaba hacer eso que hacía tiempo quería. La verdad no podía resolverlo solo y por eso acudí a personas y amigos que pudieran ayudarme. Además, con el confinamiento tuve el tiempo para dedicarme”, contó.

El apuro tenía que ver con resolver los pendientes antes de pasar a otro plano y, según sus palabras, el libro era uno de los pocos que tenía. “No tenía muchas necesidades más”, apuntó Da Souza quien agregó que ya ha disfrutado de viajes y gastronomías diversas y que hoy solo va donde están sus amigos. 

“La urgencia era resolverlo y ellos me ayudaron: Miguel Rep hizo la tapa y la propuesta de diagramación así como dibujos originales para el libro, Pedro Saborido me ayudó a que se resolviera la presentación en Buenos Aires, Felipe Pigna y Jorge Orduna escribieron algo”, apuntó el autor de Los agujeros redondos de los quesos.

Surfeando el miedo a esa gran desconocida que es la muerte, Vera Da Souza hizo un plan, seleccionó sus notas más emotivas ya que eran las que mejor representaban el momento y le pidió a sus hijas que escribieran lo que tuvieran ganas. 

Al parecer, Emilio no es de los que dejan traslucir su emoción fácilmente. Como si en ese acto se traicionara y, en este caso, hablara en nombre de sus hijas y no le correspondiera. Sin embargo, cuenta acerca de la intensidad de esos textos que hablan, más que nada, de que “nadie tiene un plan en la vida” y que este tipo de situaciones muchas veces desnudan esa carencia.

“La mamá de ellas falleció y esa experiencia también me sirvió para no encontrarme tan desprevenido ante la situación de la muerte y la falta de planes”, relató el hombre y casi en el acto aclaró que se siente lejos de tener claro el camino correcto ante situaciones similares. “Cada uno hace lo que puede, pero yo sentí que aquella experiencia me había enseñado algo”, reflexionó.

En la actualidad, medicación y alimentación apropiada mediante –el hombre se quitó unos cuantos kilos de encima pero no dejó la costumbre de invitar a los amigos a una suerte de restaurante cerrado y especial que es su casa y que llamó el Zócalo de la Cuarta. 

Además, todas las mañanas hace un programa de radio en Libertador y escribe sus columnas semanales en diario Jornada. Pero no es lo único porque parece que ya le tomó el gusto a esto de presentar libros y ahora se encuentra en proceso de selección de sus mejores crónicas para que tomen forma editorial. “Tengo más de 1000 escritas y me gusta la tarea de releerlas”, cerró. 

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