Llegaron para quedarse y cada vez ocupan mayor tiempo en la jornada de las personas. Urge encontrar un justo medio, para bien de toda la sociedad.

Muchos “me gusta”, pero poca comunicación; mucha interacción virtual, pero esporádicos encuentros reales. En esta era tecnológica y digital se acrecienta el uso de dichos recursos y, a veces, los efectos no son los mejores. Siempre es bueno hacer un alto en el camino para reflexionar sobre lo recorrido. De la mano del Mg. Andrés Allisiardi, docente e investigador de la Universidad Maza, abordamos la problemática.

Hay distintas opiniones sobre cuándo se originaron las redes sociales. Algunos mencionan como hito fundacional al sitio classmates.com, creado en 1995 por Randy Conrads con el objetivo de que las personas puedan mantener o recuperar el contacto con sus antiguos compañeros de estudios. Otros mencionan a sixdegrees.com de Andrew Weinreich. Lo cierto es que, desde entonces hasta ahora, mucho ha cambiado.

Uno de los primeros elementos a considerar es que en este nuevo mundo se eliminan las distancias y el tiempo de espera, todo es inmediato, un fiel reflejo de nuestro estilo de vida. Estamos conectados las 24 horas los 7 días de la semana, consumiendo contenidos a cada instante. 

El otro aspecto, evidentemente condicionado por el anterior, es que, si quitamos los dispositivos, la interacción real ha disminuido notablemente. Hemos llegado al irrisorio punto de enviarnos mensajes de texto estando en el mismo lugar. Ver al otro, escuchar su voz, captar sus gestos y matices es algo irremplazable y es algo necesario, pues naturalmente de esa forma crecimos y nos desarrollamos. 

Una influencia silenciosa

Al ser algo virtual, puede hacérsenos difícil palpar el poder de las redes en nuestra sociedad. Vivimos un cambio detrás de otro y hasta que no lo veamos en perspectiva no podremos tomar cabal dimensión de la transformación que han producido.

Si nos enfocamos en un aspecto económico, captamos rápidamente la ventaja que han tenido las empresas e instituciones, que han podido conectar con sus públicos, acercándoles productos y servicios a otra escala, gracias a la gran cantidad de datos que hay a disposición. La contraparte es que nunca estuvieron tan expuestas a las críticas y crisis reputacionales, recordando que muchas veces el anonimato virtual no conoce de límites.

En cuanto a lo cultural, las redes sociales han permitido la explosión y exposición de nuevos canales y formas de expresarnos, posibilitan que quienes antes solo consumían contenidos ahora puedan generarlos y captar audiencias. 

En ese punto, podríamos decir que se han democratizado ciertos procesos comunicacionales que siempre fueron verticales y manejados por unas voces autorizadas. Más allá de esto y de que algunas minorías han ganado espacios, muchos otros grupos denuncian la censura de sus contenidos. Evidentemente, las reglas y normas que imponen estos sitios excluyen algunas voces cuando se supone que todas debían ser iguales, o al menos eso se propugna. 

También podríamos analizar otros aspectos como el político, pero el que más se pone de relieve en estos espacios es el social. Somos seres sociales por naturaleza y cabe preguntarse ¿cuál ha sido la relación entre la virtualidad y la interacción real? Con este tema es fácil caer en los extremos, pasamos de la defensa absoluta al rechazo categórico, de un uso indiscriminado a la necesidad imperiosa de la desconexión total. Evidentemente, lo “virtual” ya es parte de la experiencia humana y debemos construir estrategias de integración con lo “real” para bien personal, familiar y comunitario.

El gran desafío es conseguir un equilibrio: así como se habla de un balance entre la vida personal y laboral, deberíamos alcanzar un justo medio entre vínculos interpersonales y el uso de redes sociales, sabiendo que la interacción cara a cara es irremplazable y su valor indiscutible. Ciertamente, internet abrió un abanico de nuevas posibilidades que parecen imposibles de desechar, por ello necesitaremos la guía de una brújula interna para saber cuándo guardar el celular y decir “aquí estoy”. No será sencillo, pues es una característica de estos dispositivos el demandar toda nuestra atención y generar como una especie de adhesión a ellos.

Fenómenos peligrosos

En estos años hemos podido asistir a tristes espectáculos que ponen al descubierto los peligros de las relaciones virtuales y la necesidad de vigilarlas mejor. Quizás algunas de estas problemáticas hayan nacido en el mundo analógico, pero sin dudas se han intensificado en el mundo digital, transformándose en motivo de estudio por parte de los especialistas. 

El bullying es una de ellas, genera preocupación internacional y lleva más de 50 años siendo analizado. El acceso internet propició su evolución hacia un cyberbullying que extiende más rápidamente el daño, de forma masiva y constante, permitiendo además que quienes lo perpetran se escuden en el anonimato antes mencionado.

El grooming (también conocido como engaño pederasta), que se agravó en los contextos de encierro o la violencia sexual digital, que se refleja en números alarmantes y se ha transformado en moneda corriente, son otros de los casos que pueden mencionarse.

Hay más temas peligrosos y dignos de ser abordados como: autocontrol en redes, sobreexposición de la intimidad, consumo masivo de contenidos generados por influencers e incidencia de estos en cuestiones como la percepción del propio cuerpo y las conductas.

Sin lugar a dudas, y a modo de síntesis, no podemos quedarnos de brazos cruzados ante tantas señales de alamas. Lo virtual parece muy “ficticio” hasta que termina golpeándonos en la “realidad”.

Universidad Maza

www.umaza.edu.ar

Deje su respuesta

Please enter your comment!
Por favor introduzca su nombre