En esta nueva entrega de Voces que Construyen, la arquitecta Julieta Albino propone un cambio de paradigma: integrar la ciencia para entender cómo el espacio físico regula nuestro sistema nervioso. A través de una mirada donde la arquitectura influye directamente en variables como el estrés, la atención, el descanso e incluso la toma de decisiones.
En esta nueva entrega de Voces que Construyen, la arquitecta Julieta Albino propone un cambio de paradigma: integrar la ciencia para entender cómo el espacio físico regula nuestro sistema nervioso. A través de una mirada donde la arquitectura influye directamente en variables como el estrés, la atención, el descanso e incluso la toma de decisiones.

La práctica como arquitecta de Julieta Albino se apoya en la neuroarquitectura como un marco para tomar decisiones proyectuales basadas en evidencia científica. Lejos de reemplazar otras variables del proyecto, la entiendo como una capa más dentro del proceso de diseño, que se integra a aspectos funcionales, técnicos y estéticos, pero con una particularidad: colocar al ser humano en el centro de cada decisión. “Desde este enfoque, me interesa diseñar espacios que no solo funcionen, sino que regulen el sistema nervioso, mejoren la experiencia cotidiana y acompañen los ritmos de quienes los habitan”, afirma, trabajando siempre desde tres valores centrales: bienestar, coherencia y precisión.
Con respecto al bienestar, la arquitecta aclara: “El bienestar no lo entiendo como algo abstracto, sino como una condición que puede diseñarse a partir de variables concretas como la luz, la materialidad, las proporciones y los niveles de estímulo. La coherencia aparece cuando el espacio logra alinearse con quien lo habita, y la precisión implica comprender que cada decisión proyectual tiene un impacto fisiológico, aunque muchas veces no sea consciente”.

“En este sentido, la neuroarquitectura no es un recurso que se incorpora al final, sino una capa que atraviesa todo el proceso. Considero cómo el cerebro procesa el entorno: los niveles de estímulo, el contraste, la repetición, la complejidad visual y la relación con la naturaleza”, sostiene Julieta.
Sobre la evidencia científica que apoya su trabajo, la profesional enfatiza que hoy se sabe que: “el estrés visual en las ciudades no depende tanto del estilo arquitectónico como de la configuración de las fachadas en términos de geometría y variación. Este tipo de evidencia permite proyectar con mayor claridad, entendiendo que el espacio no solo se percibe, sino que también se experimenta a nivel cognitivo y emocional”.
Esto se traduce en decisiones concretas: “Alturas que acompañan sin sobre estimular ni comprimir, materiales con niveles de rugosidad que el cerebro puede procesar con mayor facilidad, iluminación que respeta los ritmos circadianos y secuencias espaciales que permiten anticipación, reduciendo la incertidumbre”. En este sentido, nada es aleatorio; cada elección responde a una intención clara.

“Proyectar hoy implica asumir que el espacio influye constantemente en quienes lo habitan; diseñarlo con evidencia es una forma más consciente, precisa y responsable de ejercer la arquitectura”.
Un ejemplo de este enfoque es el desarrollo de “viviendas organizadas a partir de patios interiores concebidos como reguladores sensoriales. Estos espacios no solo ordenan la distribución, sino que introducen luz controlada, incorporan el sonido del agua —como en el caso de muros llorones— y generan un ritmo más pausado en la experiencia espacial”. De este modo, la arquitectura comienza a operar como una herramienta activa en la regulación del bienestar.
Sobre la relevancia de este enfoque en el contexto actual, Albino considera que en un entorno donde los espacios son cada vez más demandantes a nivel sensorial y cognitivo, diseñar desde esta perspectiva se vuelve fundamental. “La arquitectura influye directamente en variables como el estrés, la atención, el descanso e incluso la toma de decisiones. Sin embargo, todavía es frecuente que los proyectos se desarrollen desde criterios exclusivamente estéticos o funcionales, sin considerar su impacto en la experiencia humana”.

Muchas decisiones que parecen menores -como la orientación, la luz, los materiales o las proporciones- terminan definiendo cómo una persona se va a sentir todos los días.
Finalmente, al definir a quiénes están dirigidos mis servicios y colaboraciones, su trabajo se orienta tanto a personas que están por construir su casa o diseñar sus espacios de trabajo, como a proyectos vinculados a salud, hotelería o educación. También colaboro con arquitectos y equipos de proyecto, aportando una base científica y teórica que permite enriquecer las decisiones y elevar la calidad del resultado final.
“Entender que el espacio no es neutro cambia la manera de proyectar. Muchas decisiones que parecen menores —como la orientación, la luz, los materiales o las proporciones— terminan definiendo cómo una persona se va a sentir todos los días. Hoy contamos con información que permite diseñar mejor; incorporarla no es un agregado, sino una forma más consciente, precisa y responsable de hacer arquitectura”, concluye.
Proyectar actualmente, “implica asumir que el espacio influye constantemente en quienes lo habitan; diseñarlo con evidencia es una forma más consciente, precisa y responsable de ejercer la arquitectura”.


