El bienestar que resulta de la escritura anónima y para sí es una manera de detenerse para  repensarse y elegir los relatos que nos hacen bien. El journal Papeles para mi Alma se apoya en esta idea y te invita a un camino de autoconocimiento y conexión.

Por Diana Chiani

Las historias, los relatos, son el principal modo en que las personas construimos sentido. Contamos cuentos sobre lo que hicimos, sobre el pronóstico del tiempo o sobre el vecino de enfrente. Así, crear significados a través de los relatos es algo que los seres humanos hacemos naturalmente y por eso no nos damos cuenta de que lo hacemos.

La cuestión es cuando esos sentidos que creamos nos dejan varados en el barro porque, en general, pensamos que se trata de hechos tan irrefutables como que llueve de arriba hacia abajo. Pero, sobre todo, porque no nos damos cuenta de que podríamos decir algo diferente.

La escritura nos permite eso y mucho más: cambiar el final de nuestra historia, dar un valor diferente a los protagonistas, darnos cuenta de lo injustos que podemos ser con nosotros mismos y, -más que nada- conectarnos con nuestras almas y nuestros silencios para permitirnos crecer.

La escritura reparadora, según la investigadora de la UBA, Amelia Zerrillo, es “aquella que se practica sin ambiciones literarias ni profesionales, solo con la íntima convicción de que escribir hace bien”.

Lo que distingue a este tipo de escritura es que, entre otras cosas, busca el bienestar que resulta de escribir ya que es una manera de detenerse, de conectar con la propia alma para reconstruirse y resignificarse. Es decir, volverse a pensar o –lo que es lo mismo- contarnos una historia más real y amable de lo que nos importa.

Por el poder que tiene la escritura, el journal Papeles para mi Alma propone un recorrido que va más allá de la posibilidad que ofrece el sentarse a escribir sino que busca el autoconocimiento, la posibilidad de proyectarse y mirarnos de una manera auténtica.

Es que escribir sirve no solo para modificar algunos estados emocionales que nos duelen sino también para descargar eso que a veces se queda en la garganta, dando vueltas en la cabeza o estancado en el estómago.

Cuando escribimos aparece todo eso que no podemos o no nos animamos a decir en voz alta, pero necesitamos expresar de alguna manera. Y al expresarlo por escrito, la dimensión de los pensamientos se modifica.

En este contexto, la escritura alivia porque –en primer lugar- pone palabras a eso que nos pasa y no sabemos nombrar pero, sobre todo, porque ante el anonimato frente al papel, nos sentimos más libres para “confesarnos”. Ese solo movimiento libera y repara.

En este contexto, el escritor AldousHuxley (Un Mundo Feliz, 1932) dice que las palabras forman el hilo con el que tejemos nuestras experiencias y es que las palabras tienen fuerza, hablan de nosotros y no hay viento que se las lleve, como hemos pretendido creer.

Uno de los pioneros en mostrar y demostrar el poder de la escritura fue el psicólogo social James Pennebaker quien descubrió por casualidad la fuerza de la escritura al salir de una fuerte depresión sentándose a escribir sobre todo lo que le pasaba todos los días.

A partir de allí desarrollaron diversas investigaciones que mostraron cómo la escritura sirve para salir adelante de situaciones complejas. En función de este planteo, el autor de Inteligencia Emocional, Daniel Goleman, también recomienda llevar un diario íntimo como una manera de vivir más livianos.

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